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Lo humano y lo divino

Actualizado: 11 de mar de 2018

Nos equivocamos cuando nos percibimos separados de Dios. No hay tal división, no somos entes distintos. Tampoco es una cuestión religiosa. El que fue crucificado lo sabía, pero su mensaje se desvirtuó.

Durante generaciones, en muchos lugares del planeta, diría que la mayoría, se ha aprendido a crecer temerosos de Dios, del dios de cada cual. Las religiones han impregnado la cultura y el ideario colectivo de mensajes dualistas sobre el bien y el mal que paradójicamente nos han alejado de lo divino. Tanto creyentes como ateos se posicionan en los extremos opuestos de un mismo planteamiento: Dios como entidad separada del ser humano. Pero lo cierto es que Dios y el ser humano son uno y lo mismo, el único problema es que lo olvidamos.


Ahora bien, ¿qué entendemos por Dios? Etimológicamente la palabra dios deriva de las raíz indoeuropea dyeu, que significa "luz diurna", variante de la raíz deiw, "brillo, luz", de donde se trasladaron al latín en la forma de deus y divus, traducido como "ser de luz". En otro post hablaba de que todo el universo, manifestado y no manifestado, es vibración, y toda vibración es sonido, siendo Om el sonido básico del cosmos. En la astrología védica Om es el sonido del Sol y de la luz detrás de todas las estrellas y planetas.


Todos somos Dios


De hecho, el sonido y la luz están íntimamente relacionados. David Frawley, especialista en estudios védicos, explica que el sonido es una creación de la luz y la energía eléctrica que emanan del espacio infinito, así como el rayo precede al trueno. El sonido es por tanto la cualidad vibratoria del espacio, que a su vez es el campo de la luz. De esta forma el término Dios nos conecta directamente con la sílaba sagrada Om, que representa la consciencia pura y universal que impregna todas las cosas, también el ser humano. Patañjali, en los Yoga Sutra, ya reveló esta relación describiendo al Om como la representación sonora de Ishwara o Dios.


Como dice Emilio Carrillo, "yo soy Dios y Dios es yo cuando dejo de ser yo". Pero la experiencia de la propia divinidad, de la reconexión con nuestra verdadera naturaleza y sabiduría innata, a menudo se nos escapa, limitándonos a un mundo dual lleno de etiquetas y cristales de colores que definen lo que identificamos erróneamente como realidad. Detenerse, respirar y escuchar con atención plena el sonido del silencio es una buena forma de devolvernos al presente, a lo real, a lo único que existe, a nuestra propia luz, al dios que somos, aquí, ahora.